domingo, 18 de octubre de 2015

ESE EGOÍSMO FEROZ

ESE EGOÍSMO FEROZ
Por: jeanne de salzmann

No somos lo que creemos ser.

Cegados por nuestra imaginacion, nos valoramos demasiado, nos mentimos.

Nos mentimos siempre, en cada instante, todo el dia, toda nuestra vida.

Hay que detenerse interiormente y observar, observar sin tomar partido, aceptando por un tiempo esa idea de la mentira.
                                       
Entonces, tal vez, veremos que somos algo diferente de lo que creíamos ser.

Puedo tener momentos de real tranquilidad, de silencio, en los que me abro a otra dimensión, a otro mundo.

Lo que no veo es que fuera de esos momentos soy presa de la violencia, es decir, del conflicto, de las contradicciones.

Y al descubrir nuevas posibilidades en mi, necesito conocer de qué está hecho el fondo de una parte de mi naturaleza, de ver que no es algo extraño que puede apartarse cuando uno quiera, sino que es lo que soy y que no puedo ser de otra manera.

Ese egoísmo feroz soy yo; es necesario que tome conciencia de la necesidad de un contacto directo con esa acción egoísta que no cesa de aislarme y dividirme.

Todo lo que hago surge de esa acción.

Para verlo, debo observarme sin la intervención de ninguna imagen, entrar en contacto íntimo y real conmigo mismo.

¿Por qué tenemos una necesidad imperiosa de realizarnos?

Un impulso profundo está en juego: el miedo fundamental de no ser, el miedo del aislamiento total, del vacío, de la soledad.

Nuestra mente ha creado esa soledad, con sus pensamientos auto protectores y egocéntricos como «yo», y «lo mío», mi nombre, mi familia, mi posición, mis cualidades.

Pero en el fondo nos sentimos vacíos y solos, tenemos una vida que es estrecha y superficial.

Emocionalmente estamos hambrientos e intelectualmente somos repetitivos.

Todo el tiempo tratamos de llenar ese vacío.

Ya que nuestro yo pequeño y mezquino es una fuente de dolor, queremos, consciente e inconscientemente, perdernos en una excitación individual o colectiva, o en alguna forma de experiencia sensorial.

Todo en nuestra vida: las diversiones, los libros, la comida, la bebida, el sexo, nos alienta a buscar estímulos en diferentes niveles.

Nos deleitamos con esto y buscamos un estado de felicidad en mantener un placer donde nos sea posible escapar de ese yo.

Todo el tiempo nuestras mentes están ocupadas en evadirse, en desear ser completamente absorbidas por algo, cautivadas por una creencia, una esperanza, un amor, un trabajo.

La evasión se ha vuelto más importante que la verdad que no afrontamos.

Mientras gira alrededor de esos intereses mezquinos, nuestra mente estrecha minimiza los retos de la vida, interpretándolos con su comprensión limitada.

En consecuencia, nuestra vida sufre de una falta de sentimiento intenso, fuerte, de una falta de pasión.

Esto es un problema esencial.

Con una verdadera pasión en el fondo de nosotros mismos, nos hacemos sumamente sensibles a la vida: la pobreza, la riqueza, la corrupción, la belleza, la naturaleza..., a todo.

Nos conciernen las posibilidades que nos ofrece la vida en la cooperación y en la relación.

Sin pasión, la vida es vacía, carece de sentido.

Si uno no siente profundamente la belleza de la vida, el desafío que significa, entonces ella no tiene ningún sentido.

Uno funciona mecánicamente.

Sin embargo, esa pasión no es una devoción ni un sentimentalismo.

Tan pronto la pasión tiene un motivo o toma partido, se vuelve placer o dolor.

La pasión que necesitamos es la pasión de ser.

La mayoría de nosotros no amamos ni somos amados.

Tenemos muy poco amor en nuestros corazones y por esto es que lo suplicamos o lo buscamos en sucedaneos.

Nuestro estado habitual es negativo, todas nuestras emociones son reacciones.

De hecho, no sabemos lo que es un sentimiento positivo, lo que es amar.

Mi yo, mi ego, está siempre tomado por lo que me agrada o lo que no me agrada, lo que «me gusta» o «no me gusta».

Siempre quiere recibir, ser amado, y eso me empuja a buscar el amor.

Doy para recibir.

Puede ser la generosidad de la mente, del yo, pero no es la generosidad del corazón.

Amo con mi yo, con mi ego, no con mi corazón.

Profundamente, ese yo siempre está en conflicto con el otro y rehúsa compartir.

Vivir sin amor es vivir una contradicción perpetua, es el rechazo de lo real, de lo que es.

Sin ese sentimiento, uno nunca puede encontrar la verdad y toda relación humana es dolorosa.

Si no me conozco totalmente, mi mente y mi corazón, mi dolor y mi avidez, no puedo vivir el presente.

Lo que debo explorar no está más allá del ser, sino en todo el proceso de su propia conciencia.

Esa es la base misma a partir de la cual pienso y siento.

Mi pensar tiene sed de continuidad, de permanencia.

De alli viene el yo, el ego, y ese es el origen del miedo, del miedo a perder, a sufrir.

Si no conozco mi inconsciente, no comprenderé el miedo y toda mi búsqueda en mi mismo estará falseada.

No habrá amor y mi único interés será el de asegurar la continuidad del yo, incluso después de la muerte.


jeanne de salzmann

ESTAR VIGILANTES ES NUESTRA VERDADERA META

ESTAR VIGILANTES ES NUESTRA VERDADERA META
Por: Jeanne de salzmann

No podemos cambiar nuestra estructura física, orgánica.

Estamos condicionados en nuestros movimientos y en nuestras actitudes.

Nuestras emociones, nuestro pensamiento, también están condicionados.
        
Uno se encuentra prisionero en un círculo estrecho por ese condicionamiento.

Lo único que puede cambiar esa falta total de libertad es el acto de ver, la posibilidad de conciencia.

Yo puedo verme con los ojos y puedo verme con una mirada interior.

La posibilidad de una toma de conciencia, de un conocimiento de lo que soy, depende de esa mirada interior que aprendo a descubrir en mí.

Ella pertenece a una forma nueva, a un cuerpo interior que necesita entrar en relación con mi cuerpo físico.

Sólo cuando esa mirada está presente, cuando mi automatismo está bajo su luz, podrá establecerse una relación.

Y es sólo en esa relación, que se hace y se deshace, donde me doy cuenta de lo que soy.

No hay sumisión ciega.

Hay como una entrega consciente sin perderse y un retiro sin rechazo, sin endurecimiento.

Esto exige una atención tan total como sea posible, lo que requiere una tranquilidad muy grande.

Uno no puede estar sin relación, uno obedece siempre a una relación.

Uno está relacionado con algo más alto o bien uno está tomado.

Es una lucha de fuerzas.

Quiero conocerme como un todo.

Entonces, trato de mirar en mí mismo y de estar vigilante.

Estar vigilantes es nuestra verdadera meta.

Si uno trabaja solo o con otros, sin estar vigilante interiormente, no sirve para nada: uno será tomado por una cosa o por otra.

Debo estar vigilante, y se trata de un esfuerzo intenso porque todo depende de ello.

Al mismo tiempo quiero ir hacia la vida y, al hacerlo, me pierdo.

Si, yo quiero perderme.

Sin embargo, no sé lo que esto quiere decir.

Siempre pienso que es esa identificación diabólica, esa horrible vida, la que me toma.

Pero eso no es verdad.

Soy yo quien voy hacia ella.

Allí hay algo que me gusta.

Sin embargo, no se por qué.

Y debo ver que hay una cuestión esencial: después de todo, se trata de mí, de nada más.

Necesito de esa vigilancia, de esa manera de estar allí todo el tiempo.

Me volveré un ser diferente cuando sea verdaderamente capaz de mantenerme en esa actitud.

¿Cómo vivir esa apertura a la única realidad y al mismo tiempo estar ante la vida y vivirla?

Lo esencial, sin lo cual no habrá despertar, es ese movimiento de apertura al hecho de ser, de existir.

De inmediato, encuentro mi obstáculo: mi cabeza está ocupada todo el tiempo.

No basta notarlo de una vez y para siempre.

Me es preciso vivirlo como mi verdad hasta que pueda contener en mi atencion todos mis pensamientos, mis emociones, mis actos, sin intentar excluir ni condenar nada.

Para ello necesito un cierto espacio interior y una atención libre.

Es sólo en la libertad de mi atención donde puede aparecer una mirada verdadera.

Una visión continua de lo que sucede en nosotros es el comienzo de una cristalización, la formación de algo indivisible, individual.

Mientras más clara sea la visión, más viva será la recepción de la impresión, y mayor la transformación de nuestro pensamiento y de nuestro sentimiento.
                                      
Cuando ellos están relacionados el pensamiento es lúcido y el sentimiento es claro y sutil.

Entonces, podemos abrirnos a estar enteramente bajo la acción de una fuerza superior.

Es necesario sentir un remordimiento de conciencia, un sentimiento que ilumine, la visión de lo que falta.

Sólo con ese sentimiento de remordimiento empezamos a ver claro.

La lucidez, la observación que puede tener lugar a través de un espacio interior, disuelve todas las formas de condicionamiento.

Ser lúcido es estar consciente de la manera en que uno camina, se sienta, utiliza las manos, escucha las palabras que emplea.

Es observar todos sus pensamientos, todas sus emociones, todas sus reacciones, en un estado de atención que es claro y completo, que no tiene limites.

La lucidez es tomar conciencia totalmente de sí mismo.

jeanne de salzmann







EL SENTIMIENTO DE SER

EL SENTIMIENTO DE SER
Por: jeanne de salzmann

Cuando siento la energía que anima mi cuerpo, mi pensamiento se relaciona con él; se establece entonces una especie de equilibrio, pero eso no es suficiente.

Mientras mi sentimiento no se abra, no estará vivo.

Empiezo a tener el deseo de ser y de sentirme como un todo, pero estoy todo el tiempo confrontado con la fuerza de mi automatismo.

Por una parte está el movimiento de unidad que me abre a una nueva percepción y por la otra el movimiento inexorable de fragmentación.

Esa confrontación llama en mí una fuerza insospechada, una atención que de otra manera nunca tendría la necesidad de aparecer.

Esa atención conduce al momento de conciencia, es el fuego que opera la fusión de fuerzas, la transformación.

El esfuerzo para tomar conciencia de esos dos movimientos exige a la vez una actividad mayor a mi atencion.

Ese esfuerzo la despierta, despierta una fuerza adormecida.

Mi atención es completamente movilizada, concentrada al mismo tiempo en los centros superiores y en los inferiores, en el funcionamiento de toda mi Presencia.

Esto depende del sentimiento de ser, un nuevo sentimiento que aparece.

¿Qué es el recuerdo?

Asi, el recuerdo es ante todo el recuerdo de esa otra posibilidad, la búsqueda de una fuerza más activa en mí mismo.

Quiero conocer, quiero ser!

Necesito comprender lo que es necesario para un cambio de ser, que no puedo llegar a nada sin la ayuda de los centros superiores.

En el estado habitual sólo tenemos acceso a la mente ordinaria, que no tiene la energía necesaria.

Comprenderíamos más si pudiéramos tener un mayor sentimiento hacia nuestro estado, hacia el hecho de que no oímos el llamado de los centros superiores, no lo escuchamos.

Para que mi ser cambie, tengo que comprender mi estado con el sentimiento.

Pienso que comprendo mi estado, pero mi sentimiento no está concernido (tocado).

Ese pensamiento es pasivo.

No hay la visión que podría penetrar y permitir una percepción del hecho real.

No hay una energía capaz de entrar en contacto con el hecho.

Entonces, o busco pasar más allá de los movimientos de mi pensamiento y de mi emoción, o me topo con lo que me aprisiona sin poder salir de allí.

No he entendido del todo mi propia realidad y el hecho no tiene ninguna acción sobre mí.

Estoy aquí: pienso, siento, experimento.

O bien mi atención se retira bruscamente y siento una impresión de calma, soy tranquilizado, consolado.

Pero algo en mí se volvió pasivo y el movimiento que va a seguir no va a nacer de un conocimiento, sino del deseo de retener lo que experimento y afirmo o niego.

No veo la necesidad de una energía que no sea contaminada ni por mis pensamientos ni por mis emociones, una energía capaz de penetrar la acción de lo que se le opone.

La única fuerza que podría cambiar algo aparece cuando la necesidad se vuelve consciente.

Estoy insatisfecho, y no tengo nada en mí que sepa.

No es una inquietud, es un hecho.

Soy tocado por ese hecho y aparece el sentido de una urgencia.

Me siento concernido (tocado).
                        
Me comprometo en ese acto de ver; entonces emerge una energía que pertenece al acto cuando es puro.

Es la aparición del «Yo».

¿Qué significa ser consciente de si mismo?

Ser consciente de sí mismo quiere decir ser consciente de la impresión que es recibida.

En el momento de conciencia, lo que ve y lo que es visto se funden en una entidad, un sentimiento puro.

Nace una energía no contaminada y me es absolutamente necesario seguir.

Sin esto nunca sabré lo que es verdad, nunca entraré en un mundo que es enteramente nuevo.

jeanne de salzmann




YO NO ME CONOZCO

YO NO ME CONOZCO
Por: jeanne de salzmann

¿Quién soy yo?

Necesito saberlo.

Si no lo se, ¿qué sentido tiene mi vida?

¿Quién va a responder en mí a la vida?

Entonces, debo tratar de responder.

Mi cabeza trata de responder.

Me aporta sugerencias sobre lo que soy: un ser humano que puede esto, que ha hecho eso, que posee aquello.

Ofrece posibilidades de todo lo que conoce.

Pero ella no me conoce, no conoce lo que soy en este momento.

Y mi sentimiento ¿puede responder?

Entre los centros es el quien podría responder mejor, pero no está libre.

Está al servicio del que quiere ser el más fuerte, el más grande, el más poderoso y que sufre todo el tiempo por no ser el primero.

Entonces no se atreve, tiene miedo, duda. ¿Cómo puede saber?

Ciertamente hay una sensación, la sensación de mi cuerpo.

Pero mi cuerpo ¿soy yo?

De hecho, no me conozco.

No se lo que soy.

No conozco ni mis posibilidades ni mis limitaciones.

Existo y, sin embargo, no sé como existo.

Creo afirmar mi propia existencia y dirigirla en una dirección determinada.

Pero respondo a la vida emocional o intelectual o físicamente.

Nunca soy yo quien responde.

Creo que yo puedo hacer, cuando en realidad «soy accionado», movido por fuerzas de las que nada se.

Todo pasa en mí.

Todo sucede.

Los hilos son halados sin que me de cuenta.

No veo que soy como una marioneta, como una máquina puesta en movimiento por fuerzas exteriores.

Al mismo tiempo, veo que mi vida transcurre como si fuera la vida de otro.

Veo que me agito, espero, me lamento, tengo miedo, me aburro, sin que me sienta participar en ello.

La mayor parte del tiempo me doy cuenta a posteriori de que soy yo quien ha hecho esto o ha dicho aquello.

Actué antes de darme cuenta de ello.

Es como si mi vida se desenvolviese sin que yo participe conscientemente de ello.

Se desenvuelve mientras yo estoy dormido.

De vez en cuando, los sobresaltos o los choques me despiertan por un instante.

En medio de una rabia, o de un dolor o de un peligro, abro los ojos: «fíjate: soy yo, aquí, en esta situación, viviendo esto!», pero después del choque me vuelvo a dormir y puede pasar mucho tiempo hasta que un nuevo choque me despierte.

Comienzo a sospechar que no soy el que creía ser.

Soy un ser dormido.

Un ser que no tiene conciencia de sí mismo.

En ese estado de sumo, confundo el intelecto, el pensamiento que funciona independientemente de la emoción, con la inteligencia que incluye la capacidad de sentir lo que uno razona.

Mis funciones —mi pensamiento, mis emociones y mis movimientos— trabajan sin dirección, a merced de los choques accidentales y las costumbres.

Es el estado de ser más bajo en el que pueda encontrarse el hombre.

Vivo en mi mundo estrecho, subjetivo, limitado, dirigido por mis asociaciones, que vienen de todas mis impresiones subjetivas.

Es mi cárcel, a la que siempre vuelvo.

La búsqueda del yo empieza con «¿dónde estoy?»

Debo sentir la ausencia habitual del yo.

Debo conocer la sensación de vacío, de mentira, que afirma siempre una imagen de mí mismo: el falso yo.

Uno tiene la costumbre de decir «yo» sin creer realmente en ello.

De hecho, no hay nada más en lo que uno pueda creer.

El querer ser me empuja a decir «yo».

Está detrás de todas mis manifestaciones.

Pero no es consciente.

Habitualmente busco la convicción de mí Presencia en la actitud de los demás hacia mí.

Si me niegan, dudo de mí.

Si me aceptan, creo en mí.

Me pregunto si soy realmente esa imagen que afirmo.

¿No hay un Yo real que pueda estar presente?

Necesito una experiencia directa del conocimiento de mí mismo.

Primero tengo que ver los obstáculos que se interponen como una pantalla.

Necesito ver que creo en mi mente, mi pensamiento.

Creo que eso soy yo.

Quiero saber, he leído, he escuchado.

Todo eso es la expresión de mi yo ordinario, de mi ego.

Eso me impide abrirme a la conciencia, ver «lo que es» y lo que «yo soy».

Mi esfuerzo no puede ser impuesto.

Uno tiene miedo del vacio, miedo de no ser nada.

Entonces, uno se esfuerza por ser diferente.

Pero ese esfuerzo ¿quién lo hace?

Debo ver que también eso viene del yo ordinario.

Toda imposición viene del ego. ¿Podría yo no seguir siendo engañado por la imagen o el ideal impuesto por el pensamiento?

Necesito aceptar el vacío, aceptar no ser nada, aceptar «lo que es».

Es en ese estado donde aparece la posibilidad de una nueva percepción.

jeanne de salzmann






UNA DOBLE META

UNA DOBLE META
Por: jeanne de salzmann

En el hombre, como en el universo, todo está en movimiento.

Nada esta inmóvil o permanece igual.
                                     
Nada dura para siempre o termina por completo.

Todo lo que vive evoluciona o declina, en un incesante movimiento de energía.

Las leyes que subyacen a este proceso universal eran conocidas por la ciencia antigua, la cual asignaba al hombre su lugar adecuado en el orden cósmico.

Según Gurdjieff, las danzas sagradas, transmitidas a lo largo de los siglos, encarnan los principios de este conocimiento y nos permiten aproximarnos a él de una manera dinámica y directa.

Todas las manifestaciones de vida en el hombre se expresan a través de movimientos y posturas.

Desde el nivel más ordinario hasta el más elevado, cada posible manifestación tiene su propio movimiento y su propia posición.

Un pensamiento tiene un movimiento y una forma que le son propios.

Un sentimiento tiene un movimiento y una forma que le son propios.

Y lo mismo sucede con cualquier acción.

Nuestra educación consiste en aprender un repertorio de actitudes de pensamiento, de sentimiento o de movimiento.

Este repertorio constituye nuestro automatismo.

Pero nosotros no lo sabemos; es un lenguaje que no comprendemos.

Estamos convencidos de que somos conscientes y de que nuestros movimientos son libres.

No vemos que cada movimiento es una respuesta, una respuesta al impacto de una impresión.

Apenas la impresión ha llegado a nosotros, el movimiento de respuesta se libera.

Por lo general, mucho antes de que lo hayamos notado.

Esa percepción viene después.

Todo ese evento sucede súbitamente, y nada en nosotros es suficientemente rápido o sensible para percibirlo en el momento mismo en que sucede.

Cualquiera que sea el movimiento de respuesta, venga de donde venga, inevitablemente ha sido condicionado por el automatismo de nuestra asociación, por los hábitos y clichés grabados en nuestra memoria.

No tenemos nada más con que responder, asi que nuestra vida es una repetición incesante de memorias acumuladas.

Pero como seguimos sin darnos cuenta de esto, nuestros movimientos nos parecen libres.

De hecho, somos prisioneros de nuestras actitudes de pensamiento, sentimiento y movimiento, como si estuviéramos atrapados en un círculo mágico del cual no podemos escapar.

Para salir de allí, yo necesitaría ser capaz de tomar una actitud nueva: pensar de otra manera, sentir de otra manera, actuar de otra manera, todo al mismo tiempo.

Pero, sin mi conocimiento, estas tres funciones están interconectadas; y tan pronto como trato de cambiar una, las otras intervienen y no puedo escapar.

Mi automatismo me mantiene en un nivel muy ordinario.

Los Movimientos de Gurdjieff representan notas de una octava de un nivel muy diferente a aquel en el cual vivimos automáticamente.

Ellos orientan la energía de nuestras funciones en una dirección ascendente, con una calidad de vibración igual en todos los centros.

Una cierta sucesión de movimientos ha sido prevista para exigir una atención especial del pensar.

Sin esta atención, el proceso no podrá continuar.

Asi, el pensamiento debe ser mantenido con una cierta calidad, una cierta intensidad, pero es el cuerpo el que realiza el movimiento.

Para ejecutarlo y para expresar su vida de manera plena, el cuerpo necesita una gran libertad, necesita adaptarse por entero.

La menor resistencia del cuerpo impedirá que el pensamiento siga el orden del movimiento.

Si esta calidad no puede ser mantenida, el movimiento no seguirá la dirección necesaria.

Se romperá, carecerá de sentido.

Frente a la dificultad, el sentimiento despierta.

La aparición del sentimiento trae una nueva intensidad, una unificación que crea en nosotros una corriente particular, una nueva octava.

Estos Movimientos tienen una doble meta.

Al requerir una calidad de atención mantenida en varias partes al mismo tiempo, nos ayudan a salir del círculo estrecho de nuestro automatismo.

Y a través de una estricta sucesión de posiciones, nos conducen a una nueva posibilidad de pensamiento, sentimiento y acción.

Si pudiéramos en verdad comprender su significado y hablar su lenguaje, los Movimientos nos revelarían otro nivel de comprensión.

jeanne de salzmann


jueves, 1 de octubre de 2015

CRIATURAS MECÁNICAS

CRIATURAS MECÁNICAS

Por: samael aun weor

De ninguna manera podríamos negar la ley de recurrencia procesándose en cada momento de nuestra vida.

Ciertamente en cada día de nuestra existencia, existe repetición de eventos, estados de conciencia, palabra, deseos, pensamientos, voluntades, etc.

Es obvio que cuando uno no se auto-observa, no puede darse cuenta de esta incesante repetición diaria.
                                 
Resulta evidente que quien no siente interés alguno por observarse a sí mismo, tampoco desea trabajar para lograr una verdadera transformación radical.

Para colmo de los colmos hay gentes que quieren transformarse sin trabajar sobre sí mismos.

No negamos el hecho de que cada cual tiene derecho a la real felicidad del espíritu, más también es cierto, que la felicidad sería algo más que imposible si no trabajamos sobre sí mismos.

Uno puede cambiar íntimamente, cuando de verdad consigue modificar sus reacciones ante los diversos hechos que le sobrevienen diariamente.

Empero no podríamos modificar nuestra forma de reaccionar ante los hechos de la vida práctica, sino trabajáramos seriamente sobre sí mismos.

Necesitamos cambiar nuestra manera de pensar, ser menos negligentes, volvernos más serios y tomar la vida en forma diferente, en su sentido real y práctico.

Empero, si continuamos así tal como estamos, comportándonos en la misma forma todos los días, repitiendo los mismos errores, con la misma negligencia de siempre, cualquier posibilidad de cambio quedará de hecho eliminada.

Si uno de verdad quiere llegar a conocerse a sí mismo, debe empezar por observar su propia conducta, ante los sucesos de cualquier día de la vida.

No queremos decir con esto que no deba uno observarse a sí mismo diariamente, sólo queremos afirmar que se debe empezar por observar un primer día.

En todo debe haber un comienzo, y empezar por observar nuestra conducta en cualquier día de nuestra vida, es un buen comienzo.

Observar nuestras reacciones mecánicas ante todos esos pequeños detalles de alcoba, hogar, comedor, casa, calle, trabajo, etc., etc., etc., lo que uno dice, siente y piensa, es ciertamente lo más indicado.

Lo importante es ver luego cómo o de qué manera puede uno cambiar esas reacciones; empero, si creemos que somos buenas personas, que nunca nos comportamos en forma inconsciente y equivocada, nunca cambiaremos.

Ante todo necesitamos comprender que somos personas máquinas, simples marionetas controladas por agentes secretos, por “yoes” ocultos.

Dentro de nuestra persona viven muchas personas, nunca somos idénticos; a veces se manifiesta en nosotros una persona mezquina, otras veces una persona irritable, en cualquier otro instante una persona espléndida, benevolente, más tarde una persona escandalosa o calumniadora, después un santo, luego un embustero, etc.

Tenemos gente de toda clase dentro de cada uno de nosotros, “yoes” de toda especie. Nuestra personalidad no es más que una marioneta, un muñeco parlante, algo mecánico.

Empecemos por comportamos conscientemente durante una pequeña parte del día; necesitamos dejar de ser simples máquinas aunque sea durante por breves minutos diarios, esto influirá decisivamente sobre nuestra existencia.

Cuando nos auto-observamos y no hacemos lo que tal o cual “yo” quiere, es claro que empezamos a dejar de ser máquinas.

Un sólo momento, en que se está bastante consciente, como para dejar de ser máquina, si se hace voluntariamente, suele modificar radicalmente muchas circunstancias desagradables.

Desgraciadamente vivimos diariamente una vida mecanicista, rutinaria, absurda.

Repetimos sucesos, nuestros hábitos son los mismos, nunca hemos querido modificarlos, son el carril mecánico por donde circula el tren de nuestra miserable existencia, empero, pensamos de nosotros lo mejor...

Por donde quiera abundan los "mitómanos", los que se creen dioses; criaturas mecánicas, rutinarias, personajes del lodo de la tierra, míseros muñecos movidos por diversos “yoes”; gentes así no trabajarán sobre sí mismos...

Samael Aun Weor