domingo, 18 de octubre de 2015

EL SENTIMIENTO DE SER

EL SENTIMIENTO DE SER
Por: jeanne de salzmann

Cuando siento la energía que anima mi cuerpo, mi pensamiento se relaciona con él; se establece entonces una especie de equilibrio, pero eso no es suficiente.

Mientras mi sentimiento no se abra, no estará vivo.

Empiezo a tener el deseo de ser y de sentirme como un todo, pero estoy todo el tiempo confrontado con la fuerza de mi automatismo.

Por una parte está el movimiento de unidad que me abre a una nueva percepción y por la otra el movimiento inexorable de fragmentación.

Esa confrontación llama en mí una fuerza insospechada, una atención que de otra manera nunca tendría la necesidad de aparecer.

Esa atención conduce al momento de conciencia, es el fuego que opera la fusión de fuerzas, la transformación.

El esfuerzo para tomar conciencia de esos dos movimientos exige a la vez una actividad mayor a mi atencion.

Ese esfuerzo la despierta, despierta una fuerza adormecida.

Mi atención es completamente movilizada, concentrada al mismo tiempo en los centros superiores y en los inferiores, en el funcionamiento de toda mi Presencia.

Esto depende del sentimiento de ser, un nuevo sentimiento que aparece.

¿Qué es el recuerdo?

Asi, el recuerdo es ante todo el recuerdo de esa otra posibilidad, la búsqueda de una fuerza más activa en mí mismo.

Quiero conocer, quiero ser!

Necesito comprender lo que es necesario para un cambio de ser, que no puedo llegar a nada sin la ayuda de los centros superiores.

En el estado habitual sólo tenemos acceso a la mente ordinaria, que no tiene la energía necesaria.

Comprenderíamos más si pudiéramos tener un mayor sentimiento hacia nuestro estado, hacia el hecho de que no oímos el llamado de los centros superiores, no lo escuchamos.

Para que mi ser cambie, tengo que comprender mi estado con el sentimiento.

Pienso que comprendo mi estado, pero mi sentimiento no está concernido (tocado).

Ese pensamiento es pasivo.

No hay la visión que podría penetrar y permitir una percepción del hecho real.

No hay una energía capaz de entrar en contacto con el hecho.

Entonces, o busco pasar más allá de los movimientos de mi pensamiento y de mi emoción, o me topo con lo que me aprisiona sin poder salir de allí.

No he entendido del todo mi propia realidad y el hecho no tiene ninguna acción sobre mí.

Estoy aquí: pienso, siento, experimento.

O bien mi atención se retira bruscamente y siento una impresión de calma, soy tranquilizado, consolado.

Pero algo en mí se volvió pasivo y el movimiento que va a seguir no va a nacer de un conocimiento, sino del deseo de retener lo que experimento y afirmo o niego.

No veo la necesidad de una energía que no sea contaminada ni por mis pensamientos ni por mis emociones, una energía capaz de penetrar la acción de lo que se le opone.

La única fuerza que podría cambiar algo aparece cuando la necesidad se vuelve consciente.

Estoy insatisfecho, y no tengo nada en mí que sepa.

No es una inquietud, es un hecho.

Soy tocado por ese hecho y aparece el sentido de una urgencia.

Me siento concernido (tocado).
                        
Me comprometo en ese acto de ver; entonces emerge una energía que pertenece al acto cuando es puro.

Es la aparición del «Yo».

¿Qué significa ser consciente de si mismo?

Ser consciente de sí mismo quiere decir ser consciente de la impresión que es recibida.

En el momento de conciencia, lo que ve y lo que es visto se funden en una entidad, un sentimiento puro.

Nace una energía no contaminada y me es absolutamente necesario seguir.

Sin esto nunca sabré lo que es verdad, nunca entraré en un mundo que es enteramente nuevo.

jeanne de salzmann




YO NO ME CONOZCO

YO NO ME CONOZCO
Por: jeanne de salzmann

¿Quién soy yo?

Necesito saberlo.

Si no lo se, ¿qué sentido tiene mi vida?

¿Quién va a responder en mí a la vida?

Entonces, debo tratar de responder.

Mi cabeza trata de responder.

Me aporta sugerencias sobre lo que soy: un ser humano que puede esto, que ha hecho eso, que posee aquello.

Ofrece posibilidades de todo lo que conoce.

Pero ella no me conoce, no conoce lo que soy en este momento.

Y mi sentimiento ¿puede responder?

Entre los centros es el quien podría responder mejor, pero no está libre.

Está al servicio del que quiere ser el más fuerte, el más grande, el más poderoso y que sufre todo el tiempo por no ser el primero.

Entonces no se atreve, tiene miedo, duda. ¿Cómo puede saber?

Ciertamente hay una sensación, la sensación de mi cuerpo.

Pero mi cuerpo ¿soy yo?

De hecho, no me conozco.

No se lo que soy.

No conozco ni mis posibilidades ni mis limitaciones.

Existo y, sin embargo, no sé como existo.

Creo afirmar mi propia existencia y dirigirla en una dirección determinada.

Pero respondo a la vida emocional o intelectual o físicamente.

Nunca soy yo quien responde.

Creo que yo puedo hacer, cuando en realidad «soy accionado», movido por fuerzas de las que nada se.

Todo pasa en mí.

Todo sucede.

Los hilos son halados sin que me de cuenta.

No veo que soy como una marioneta, como una máquina puesta en movimiento por fuerzas exteriores.

Al mismo tiempo, veo que mi vida transcurre como si fuera la vida de otro.

Veo que me agito, espero, me lamento, tengo miedo, me aburro, sin que me sienta participar en ello.

La mayor parte del tiempo me doy cuenta a posteriori de que soy yo quien ha hecho esto o ha dicho aquello.

Actué antes de darme cuenta de ello.

Es como si mi vida se desenvolviese sin que yo participe conscientemente de ello.

Se desenvuelve mientras yo estoy dormido.

De vez en cuando, los sobresaltos o los choques me despiertan por un instante.

En medio de una rabia, o de un dolor o de un peligro, abro los ojos: «fíjate: soy yo, aquí, en esta situación, viviendo esto!», pero después del choque me vuelvo a dormir y puede pasar mucho tiempo hasta que un nuevo choque me despierte.

Comienzo a sospechar que no soy el que creía ser.

Soy un ser dormido.

Un ser que no tiene conciencia de sí mismo.

En ese estado de sumo, confundo el intelecto, el pensamiento que funciona independientemente de la emoción, con la inteligencia que incluye la capacidad de sentir lo que uno razona.

Mis funciones —mi pensamiento, mis emociones y mis movimientos— trabajan sin dirección, a merced de los choques accidentales y las costumbres.

Es el estado de ser más bajo en el que pueda encontrarse el hombre.

Vivo en mi mundo estrecho, subjetivo, limitado, dirigido por mis asociaciones, que vienen de todas mis impresiones subjetivas.

Es mi cárcel, a la que siempre vuelvo.

La búsqueda del yo empieza con «¿dónde estoy?»

Debo sentir la ausencia habitual del yo.

Debo conocer la sensación de vacío, de mentira, que afirma siempre una imagen de mí mismo: el falso yo.

Uno tiene la costumbre de decir «yo» sin creer realmente en ello.

De hecho, no hay nada más en lo que uno pueda creer.

El querer ser me empuja a decir «yo».

Está detrás de todas mis manifestaciones.

Pero no es consciente.

Habitualmente busco la convicción de mí Presencia en la actitud de los demás hacia mí.

Si me niegan, dudo de mí.

Si me aceptan, creo en mí.

Me pregunto si soy realmente esa imagen que afirmo.

¿No hay un Yo real que pueda estar presente?

Necesito una experiencia directa del conocimiento de mí mismo.

Primero tengo que ver los obstáculos que se interponen como una pantalla.

Necesito ver que creo en mi mente, mi pensamiento.

Creo que eso soy yo.

Quiero saber, he leído, he escuchado.

Todo eso es la expresión de mi yo ordinario, de mi ego.

Eso me impide abrirme a la conciencia, ver «lo que es» y lo que «yo soy».

Mi esfuerzo no puede ser impuesto.

Uno tiene miedo del vacio, miedo de no ser nada.

Entonces, uno se esfuerza por ser diferente.

Pero ese esfuerzo ¿quién lo hace?

Debo ver que también eso viene del yo ordinario.

Toda imposición viene del ego. ¿Podría yo no seguir siendo engañado por la imagen o el ideal impuesto por el pensamiento?

Necesito aceptar el vacío, aceptar no ser nada, aceptar «lo que es».

Es en ese estado donde aparece la posibilidad de una nueva percepción.

jeanne de salzmann






UNA DOBLE META

UNA DOBLE META
Por: jeanne de salzmann

En el hombre, como en el universo, todo está en movimiento.

Nada esta inmóvil o permanece igual.
                                     
Nada dura para siempre o termina por completo.

Todo lo que vive evoluciona o declina, en un incesante movimiento de energía.

Las leyes que subyacen a este proceso universal eran conocidas por la ciencia antigua, la cual asignaba al hombre su lugar adecuado en el orden cósmico.

Según Gurdjieff, las danzas sagradas, transmitidas a lo largo de los siglos, encarnan los principios de este conocimiento y nos permiten aproximarnos a él de una manera dinámica y directa.

Todas las manifestaciones de vida en el hombre se expresan a través de movimientos y posturas.

Desde el nivel más ordinario hasta el más elevado, cada posible manifestación tiene su propio movimiento y su propia posición.

Un pensamiento tiene un movimiento y una forma que le son propios.

Un sentimiento tiene un movimiento y una forma que le son propios.

Y lo mismo sucede con cualquier acción.

Nuestra educación consiste en aprender un repertorio de actitudes de pensamiento, de sentimiento o de movimiento.

Este repertorio constituye nuestro automatismo.

Pero nosotros no lo sabemos; es un lenguaje que no comprendemos.

Estamos convencidos de que somos conscientes y de que nuestros movimientos son libres.

No vemos que cada movimiento es una respuesta, una respuesta al impacto de una impresión.

Apenas la impresión ha llegado a nosotros, el movimiento de respuesta se libera.

Por lo general, mucho antes de que lo hayamos notado.

Esa percepción viene después.

Todo ese evento sucede súbitamente, y nada en nosotros es suficientemente rápido o sensible para percibirlo en el momento mismo en que sucede.

Cualquiera que sea el movimiento de respuesta, venga de donde venga, inevitablemente ha sido condicionado por el automatismo de nuestra asociación, por los hábitos y clichés grabados en nuestra memoria.

No tenemos nada más con que responder, asi que nuestra vida es una repetición incesante de memorias acumuladas.

Pero como seguimos sin darnos cuenta de esto, nuestros movimientos nos parecen libres.

De hecho, somos prisioneros de nuestras actitudes de pensamiento, sentimiento y movimiento, como si estuviéramos atrapados en un círculo mágico del cual no podemos escapar.

Para salir de allí, yo necesitaría ser capaz de tomar una actitud nueva: pensar de otra manera, sentir de otra manera, actuar de otra manera, todo al mismo tiempo.

Pero, sin mi conocimiento, estas tres funciones están interconectadas; y tan pronto como trato de cambiar una, las otras intervienen y no puedo escapar.

Mi automatismo me mantiene en un nivel muy ordinario.

Los Movimientos de Gurdjieff representan notas de una octava de un nivel muy diferente a aquel en el cual vivimos automáticamente.

Ellos orientan la energía de nuestras funciones en una dirección ascendente, con una calidad de vibración igual en todos los centros.

Una cierta sucesión de movimientos ha sido prevista para exigir una atención especial del pensar.

Sin esta atención, el proceso no podrá continuar.

Asi, el pensamiento debe ser mantenido con una cierta calidad, una cierta intensidad, pero es el cuerpo el que realiza el movimiento.

Para ejecutarlo y para expresar su vida de manera plena, el cuerpo necesita una gran libertad, necesita adaptarse por entero.

La menor resistencia del cuerpo impedirá que el pensamiento siga el orden del movimiento.

Si esta calidad no puede ser mantenida, el movimiento no seguirá la dirección necesaria.

Se romperá, carecerá de sentido.

Frente a la dificultad, el sentimiento despierta.

La aparición del sentimiento trae una nueva intensidad, una unificación que crea en nosotros una corriente particular, una nueva octava.

Estos Movimientos tienen una doble meta.

Al requerir una calidad de atención mantenida en varias partes al mismo tiempo, nos ayudan a salir del círculo estrecho de nuestro automatismo.

Y a través de una estricta sucesión de posiciones, nos conducen a una nueva posibilidad de pensamiento, sentimiento y acción.

Si pudiéramos en verdad comprender su significado y hablar su lenguaje, los Movimientos nos revelarían otro nivel de comprensión.

jeanne de salzmann


jueves, 1 de octubre de 2015

CRIATURAS MECÁNICAS

CRIATURAS MECÁNICAS

Por: samael aun weor

De ninguna manera podríamos negar la ley de recurrencia procesándose en cada momento de nuestra vida.

Ciertamente en cada día de nuestra existencia, existe repetición de eventos, estados de conciencia, palabra, deseos, pensamientos, voluntades, etc.

Es obvio que cuando uno no se auto-observa, no puede darse cuenta de esta incesante repetición diaria.
                                 
Resulta evidente que quien no siente interés alguno por observarse a sí mismo, tampoco desea trabajar para lograr una verdadera transformación radical.

Para colmo de los colmos hay gentes que quieren transformarse sin trabajar sobre sí mismos.

No negamos el hecho de que cada cual tiene derecho a la real felicidad del espíritu, más también es cierto, que la felicidad sería algo más que imposible si no trabajamos sobre sí mismos.

Uno puede cambiar íntimamente, cuando de verdad consigue modificar sus reacciones ante los diversos hechos que le sobrevienen diariamente.

Empero no podríamos modificar nuestra forma de reaccionar ante los hechos de la vida práctica, sino trabajáramos seriamente sobre sí mismos.

Necesitamos cambiar nuestra manera de pensar, ser menos negligentes, volvernos más serios y tomar la vida en forma diferente, en su sentido real y práctico.

Empero, si continuamos así tal como estamos, comportándonos en la misma forma todos los días, repitiendo los mismos errores, con la misma negligencia de siempre, cualquier posibilidad de cambio quedará de hecho eliminada.

Si uno de verdad quiere llegar a conocerse a sí mismo, debe empezar por observar su propia conducta, ante los sucesos de cualquier día de la vida.

No queremos decir con esto que no deba uno observarse a sí mismo diariamente, sólo queremos afirmar que se debe empezar por observar un primer día.

En todo debe haber un comienzo, y empezar por observar nuestra conducta en cualquier día de nuestra vida, es un buen comienzo.

Observar nuestras reacciones mecánicas ante todos esos pequeños detalles de alcoba, hogar, comedor, casa, calle, trabajo, etc., etc., etc., lo que uno dice, siente y piensa, es ciertamente lo más indicado.

Lo importante es ver luego cómo o de qué manera puede uno cambiar esas reacciones; empero, si creemos que somos buenas personas, que nunca nos comportamos en forma inconsciente y equivocada, nunca cambiaremos.

Ante todo necesitamos comprender que somos personas máquinas, simples marionetas controladas por agentes secretos, por “yoes” ocultos.

Dentro de nuestra persona viven muchas personas, nunca somos idénticos; a veces se manifiesta en nosotros una persona mezquina, otras veces una persona irritable, en cualquier otro instante una persona espléndida, benevolente, más tarde una persona escandalosa o calumniadora, después un santo, luego un embustero, etc.

Tenemos gente de toda clase dentro de cada uno de nosotros, “yoes” de toda especie. Nuestra personalidad no es más que una marioneta, un muñeco parlante, algo mecánico.

Empecemos por comportamos conscientemente durante una pequeña parte del día; necesitamos dejar de ser simples máquinas aunque sea durante por breves minutos diarios, esto influirá decisivamente sobre nuestra existencia.

Cuando nos auto-observamos y no hacemos lo que tal o cual “yo” quiere, es claro que empezamos a dejar de ser máquinas.

Un sólo momento, en que se está bastante consciente, como para dejar de ser máquina, si se hace voluntariamente, suele modificar radicalmente muchas circunstancias desagradables.

Desgraciadamente vivimos diariamente una vida mecanicista, rutinaria, absurda.

Repetimos sucesos, nuestros hábitos son los mismos, nunca hemos querido modificarlos, son el carril mecánico por donde circula el tren de nuestra miserable existencia, empero, pensamos de nosotros lo mejor...

Por donde quiera abundan los "mitómanos", los que se creen dioses; criaturas mecánicas, rutinarias, personajes del lodo de la tierra, míseros muñecos movidos por diversos “yoes”; gentes así no trabajarán sobre sí mismos...

Samael Aun Weor


RENUNCIAR AL PROPIO SUFRIMIENTO

RENUNCIAR AL PROPIO SUFRIMIENTO
Por: Maurice Nicoll

Habrán oído decir a menudo que la única cosa que podemos sacrificar en el trabajo es nuestro sufrimiento.

El trabajo nos enseña que debemos tener una nueva clase de sufrimiento que no se basa en nuestro sufrimiento ordinario y mecánico.

Toda mudanza en uno mismo solo puede tener lugar renunciando a lo que era uno antes y convirtiéndose en algo diferente.

La transformación de uno mismo significa llegar a ser diferente.

No me puedo cambiar a mi mismo si sigo siendo la misma persona que soy mecánicamente.

Por lo tanto, con el fin de mudar es preciso que renuncie a algo, que sacrifique algo.

La idea de sacrificio impregna todo el esoterismo.

La razón de ello es obvia.

Se debe a que es imposible toda mudanza de uno mismo a no ser que se renuncie o se sacrifique algo de lo que se es al presente.

Se ha repetido a menudo en esta enseñanza que el cambio de ser significa que se debe modificar algo en uno mismo, en el propio ser.

No se puede ser lo que se es y al mismo tiempo cambiar.

El cambio de ser siempre presupone la renuncia a algo y de este modo el sacrificio de algo en el propio ser.

Y el trabajo dice que la primera cosa que es preciso sacrificar —y aquí hago hincapié en la primera cosa— es su habitual sufrimiento mecánico.

Ahora bien, a no ser que entienda el significado de lo que se dice aquí no podrá empezar el trabajo correctamente en si mismo.

Si parte de sus propias ideas, de lo que debe sacrificar o a lo que debe renunciar, no le servirá de nada y no le dará resultado alguno.

Lo primero que debe hacer un hombre es renunciar a su sufrimiento y sacrificarlo ante todo, porque esto lleva a un cambio de ser.

Para que esto suceda es preciso distinguir por medio de la observación de sí, cuál es la causa de su sufrimiento.

Recuerdo que el señor Ouspensky habló al principio sobre esta cuestión.

Inició su charla diciendo que todos eran dominados sin saberlo por formas típicas de sufrimiento de las cuales derivaban su auto-justificación —a saber, justificaban su sufrimiento y así lo daban por sentado como parte integrante de si mismos—.

Dijo que era una especie de cosa que uno siempre arrastra tras de sí o la empuja enfrente de uno.

Describió muy claramente con palabras que no recuerdo con exactitud como la gente está encadenada al sufrimiento que ha acumulado con arreglo a sus ideas de vida y a la forma en que fueron tratados por esta.

Dijo: "Todo este sufrimiento pertenece al lado de la personalidad".

Dijo: "La gente sufre inútilmente pero se aferra a su sufrimiento.

Han encontrado que la vida no era lo que suponían y en lugar de discernir sus formas de imaginación y sus actitudes adquiridas hacia la vida solo creen experimentar un sufrimiento real, genuino, y en consecuencia sienten que nadie comprende lo que han padecido. "Todos", dijo, "son arrastrados por este sufrimiento adquirido del cual proviene toda la consideración interior y el hacer cargos.

Toda la consideración interna y el hacer cargos", dijo, "se basan en dicho sufrimiento adquirido al que tanto valor concede la gente".

Habló sobre la imposibilidad de escapar a la personalidad con sus actitudes adquiridas y topes salvo por medio de una fuerza enteramente nueva capaz de destruir este desorden, esta inútil confusión en nosotros mismos.

Dijo: "Hemos de pensar de una manera nueva tanto acerca de la vida como acerca de nosotros mismos, y esto solo es posible cuando sintamos una nueva fuerza que nos penetra arrastrando tras si nuevas ideas, nuevas maneras de tomar las cosas.

La redención del sufrimiento es difícil pero posible, mientras que en la vida es imposible.

Cuando empiece a comprender el trabajo y todo cuanto enseña y lo compare con lo que es, entenderá lo que quiero decir.

El señor Ouspensky empleó aquí una frase que siempre recordaré.

Dijo: "Cuando se anda a la par del trabajo y se llega a ser consciente de lo que se es mediante la observación de si, se discierne cómo no se es semejante al trabajo, cómo el propio ser no corresponde a el".

La gente preguntaba: "entonces, ¿qué debemos hacer?"

Siempre contestaba: "Es preciso que se recuerden a si mismos y la primera cosa es renunciar al propio sufrimiento".

Creo que quería decir, en lo que concierne a la última parte de lo que expresó, que mientras se siga llevando al sufrimiento a cuestas no se puede hacer el trabajo.

Es menester renunciar a el —esto es, se ha de sacrificar esa extraña cosa en nosotros que es la base de toda la consideración interna y el hacer cargos.

En otra oportunidad el señor Ouspensky dijo: "Nadie puede alcanzar un nivel más elevado de ser a menos que renuncie a sus presentes formas de sufrimiento".

Al mismo tiempo hablaba sobre la idea de justicia y subrayaba que lo que llamamos justicia no tiene nada que ver con la justicia.

Dijo: "Justificarse a si mismo siempre se origina en nuestra propia idea de justicia.

Por ejemplo, cada uno justifica sus estados negativos".

Quería decir que todos tienen el sentido de lo que es la justicia para ellos y al encontrar que la vida no corresponde a esta idea se aferran a lo que creen debe ser la justicia para ellos.

En consecuencia, justificarnos nuestros estados negativos, nuestra consideración interna y el hacer cargos, y si examinamos todo desde el punto de vista del trabajo empezamos a darnos cuenta que no podemos justificarnos a nosotros mismos fundándonos en nuestras ideas de justicia.

Es preciso actuar desde otro sentido de justicia.

Supongamos que habla equivocadamente en el trabajo y se ve obligado a confesar que habló equivocadamente, hallará que siempre se justifica a si mismo sobre la base de sus propias ideas de justicia —justificación personal de si—

Y tras esta justificación está su sufrimiento que surge de la idea de justicia que ha adquirido e imitado.

Esto tiene que ser quebrantado por algo más alto, por una forma más elevada de lo que es la justicia.

Tal vez se diga: "En cuanto a la vida tengo perfecta razón en sentir su injusticia, pero en cuanto el trabajo y sus ideas no puedo decir la misma cosa".

En el trabajo estamos bajo una nueva disciplina, un nuevo sentido de la justicia —a saber, de lo que es correcto, de lo que es justo, desde un nivel superior—.

Así tenemos que aprender a servir otra serie de ideas muy diferentes de las que hemos adquirido de la vida.

El señor Ouspensky dijo: "Somos como macacos.

Un macaco puede justificarse a si mismo en función de otro macaco, pero estamos tratando de llegar a ser seres humanos y ya no podemos justificarnos a nosotros mismos en función de ser macacos".

Subrayaba constantemente que en el trabajo nos enseñan ideas y auto-disciplinas que no son necesarias en la vida.

Dijo: "Tratamos de obedecer a leyes superiores —esto es, tratamos de llegar a ser personas conscientes de modo que podamos vivir entre personas conscientes y aprender a comportarnos en este nivel superior de seres—.

Este trabajo proviene de gentes conscientes".

Ahora bien, para retornar a la cuestión de la primera cosa que es preciso sacrificar —a saber, nuestro sufrimiento mecánico— es evidente que debemos discernir ante todo cuales son las formas que el sufrimiento mecánico adopta.

A menos de tener conciencia de una cosa no podemos sacrificarla.

No se puede tomar como punto de partida una cosa de la que se es inconsciente.

El trabajo se propone acrecentar nuestra conciencia de nosotros mismos, de nuestro estado de ser.

Nadie puede trabajar sobre su ser a no ser que empiece a observar a que se asemeja su ser.

El trabajo dice que en lo que respecta al ser todos tienen su propia forma de sufrimiento, de emociones negativas, de agravios, de pensamientos y sentimientos tristes y otras cosas del mismo tenor.

Esto se aplica a todas las personas.

No hay excepción alguna.

Y esa cosa en nosotros mismos que nos dicen de sacrificar es el principio mismo de esta enseñanza.

Por lo tanto es muy necesario tratar de observar nuestra forma de sufrimiento.

Quizá se les ocurra preguntar: "¿Cuáles son esas formas de sufrimiento que hemos de sacrificar?"

Es el sufrimiento del hombre hacia la mujer, de la mujer hacia el hombre.

Por ejemplo, un hombre siente que nunca ha conocido a la mujer que lo entiende realmente.

O sentir simplemente que nunca lo apreciaron verdaderamente ni tampoco le ofrecieron oportunidad alguna de serlo, y así sucesivamente.

O una mujer siente que nunca pudo casarse —o que nunca tuvo hijos— o que tiene demasiados hijos —y este es su sufrimiento—.

Luego considere todas las formas mecánicas de sufrimiento que surgen del sentimiento de que sus padres nunca lo comprendieron, ni su esposa, ni sus hijos.

Creo que es imposible enumerar todas las formas de sufrimiento que las gentes se forjan y a las cuales se aferran como si fuera la cosa más valiosa de su vida.

Y es exactamente ese sufrimiento que deriva de la vida y todas sus torpezas el que debe ser sacrificado.

Y aquí es preciso que les recuerde lo que se dijo recientemente acerca de "si solo":

SI SOLO…

"si solo hubiera tenido una mejor oportunidad", "si solo hubiera tenido un hijo", "si solo hubiera conocido a la persona conveniente", "si solo la guerra no hubiera estallado cuando lo hizo", "si no hubiera invertido mi dinero en marcos alemanes", "si hubiera sido más alto", "si no tuviera la cara que tengo", "si tuviese más dinero", "si pudiera conocer una mejor clase de gente", "si me mostrasen más simpatía en todos mis disgustos"

—pero "si solo" está conectado con todo el sufrimiento mecánico que debe ser sacrificado—. Otra forma de sufrimiento es el sentido de haber fracasado.

Lo extraño es que se suele gozar de esta forma de sufrimiento.

Una persona que nunca ha hecho un verdadero esfuerzo en la vida suele fracasar y lo que es curioso goza de su fracaso, o una persona cree que ha hecho todo lo posible para entablar relaciones con alguien difícil y luego de haber fracasado goza de su derrota.

Esta curiosa forma de sufrimiento no puede ser explicada en esta disertación.

Como dije, es una forma muy curiosa de sufrimiento por la cual algunas personas se adaptan a la vida malográndose y gustan de hablar sobre este particular.

Pero en tales casos siempre se encontrará que algunas formas de orgullo o vanidad les permiten pretender que su fracaso es genuino, recayendo en el sentimiento de que podrían haber tenido éxito o triunfado en alguna otra cosa, en especial si se enorgullecen de su posición social, de su origen, o de otra cosa de la misma clase —es decir, algo puramente negativo, que en realidad no son ellos mismos—.

He pensado a veces que esta es la forma más difícil de tratar cuando una persona admite su fracaso, aferrándose siempre secretamente a alguna otra cosa.

Esta es una clase espuria de sufrimiento.

Al mismo tiempo, es preciso analizarlo y sacrificarlo.

Tras ello se oculta el sacrificio del orgullo y la vanidad.

Pero este ejemplo muestra hasta que punto las gentes son insinceras consigo mismas y cómo el engañarse a si mismas les permite seguir viviendo.

No vemos el otro lado de la cuestión; el lado oscuro, no aceptado, no reconocido, es pero por eso que el Trabajo dice que una observación de si imparcial deja penetrar un rayo de luz en ese lado oscuro que se opone al desarrollo individual en todo hombre.

Somos todos farsantes, pero no vemos nuestra farsa y en el trabajo es lo que debemos hacer.

Todo nuestro sufrimiento mecánico es una farsa, únicamente no lo admitimos.

El sufrimiento fraudulento es la tónica de lo que debemos sacrificar.

El verdadero sufrimiento es muy distinto y siempre nos abre a un nivel más alto: el sufrimiento fraudulento nos cierra.

Es extraordinario como un momento de verdadero sufrimiento hace que todo desaparezca en torno de una persona y que en tales momentos ésta comprenda plenamente de qué trata el trabajo, pero el sufrimiento fraudulento, auto-inventado se interpone entre nosotros y los centros superiores —esto es, entre nosotros y la voz del trabajo que siempre nos está hablando, y primero debemos oírla desde el exterior, de un Maestro, y al cabo de un tiempo la oiremos hablándonos interiormente.

Lo extraordinario es que se suele conocer a gentes que niegan tener cualquier clase de sufrimiento mecánico.

Son por lo general personas pagadas de si mismas y en realidad muertas en sí mismas, y empero si se las trata inteligentemente no se tarda en descubrir que tienen sus formas ocultas de sufrimiento derivadas de la vida.

Ahora bien, conviene observar las propias formas características de sufrimiento mecánico, y aquí es preciso observar las propias fantasías —esto es, el trabajo pasivo de la imaginación en uno mismo—.

Recuerdo que una vez me impresionó mucho la idea de que al menos un millón de personas mueren todas las semanas y que probablemente muchas creen que irán a un mejor lugar.

Están llenas de sus problemas personales, de sus agravios, de su sufrimiento en esta tierra.

Entre esa gente, ¿cuántos cree usted —suponiendo que es una especie de ser situado en un nivel superior y que tiene que dirigirlos a sus respectivos lugares en el mundo espiritual— cuántos le sorprenderán por no pertenecer al tipo ordinario—?

No se presentarían cada uno de ellos quejándose —es decir, trayéndole todos sus sufrimientos mecánicos, agravios, todas esas cuestiones relativas a que alguien no les dio los buenos días, y cuántos vendrían completamente limpios, sin agravios, sin sufrimiento alguno de la tierra, y cuando les preguntara qué deseaban, contestarían, no que deseaban justicia, sino que deseaban saber más y ser más y comprender más.

Esta visión me impresionó sobremanera y me hizo pensar con hondura en lo que yo sería en estas circunstancias.

Hemos hablado a menudo de perdonar las deudas y de lo que significaba cancelar las quejas contra los otros.

Todos nuestros problemas terrenales no tienen valor alguno en un nivel de ser superior, y nuestro trabajo radica en cancelar nuestros problemas-tierra, nuestro sufrimiento-tierra, nuestros cargos internos, nuestros estados negativos hacia los otros, nuestros agravios hacia los otros, nuestra antipatía a los otros y nuestro odio a los otros.

De otro modo estamos destinados a la tierra y así como los monos de los cuales hemos hablado.

¿Creen ustedes que es una idea muy amarga?

Me imagino que la vida misma puede darnos alguna idea de lo que esto significa.

Si desea alcanzar una posición más elevada en la vida, ¿tiene que pasarse el tiempo presentando sus agravios, sus mezquinos problemas personales, en vista de la posición que desea alcanzar?

El señor Ouspensky me dijo una vez:

"Las gentes no comprenden que el trabajo trata de conducirnos a determinado lugar y que ha establecido instrucciones definidas en cuanto al camino que es preciso recorrer para llegar allí, a condición de trabajar sobre si mismo, y que por lo tanto a medida que una persona progresa, el trabajo cambia para ella".

Me estaba hablando en aquella época sobre algo que en mi me detenía, y me dijo: "¿No se da cuenta que esto no tiene nada que ver conmigo, sino que está en usted mismo, y que mientras no trabaje sobre ello y trate de no identificarse con ello, siempre la detendrá?"

Dijo: "Pone reparos a esas gentes, pero ellas son usted y usted es ellas".

Naturalmente, en aquella época no discernía que esto era parte de mi sufrimiento.

No me daba cuenta que este era uno de los significados de renunciar al propio sufrimiento.

En otra ocasión me dijo, mirándome de soslayo: "¿Por qué goza tanto de sus emociones negativas?"

Y siempre recordaré, aunque no recuerde con exactitud las palabras que me dijo, su mirada de soslayo.

Es, de hecho, esa mirada lo que me hizo observar que gozaba de mis emociones negativas —esto es, mi sufrimiento mecánico—.

Supongo que ahora muchos de ustedes ya entienden hasta qué punto gozan de sus emociones negativas.

El trabajo dice que para llegar a un nivel de ser superior no debe de haber emociones negativas y que la parte negativa del centro emocional debe ser destruida en nosotros.

De otro modo, si en nuestras presentes formas de sufrimiento intervienen los centros superiores, estas se intensificarían mil veces.

En una oportunidad escuché a Gurdjeff decir:

"Debemos destruir nuestro centro emocional".

Como hacía poco tiempo que estaba en el trabajo me pareció algo terrible y cuán duro y cruel sería todo si nuestro centro emocional fuera destruido.

Cuando hube pasado más tiempo en el trabajo comprendí claramente lo que esto significaba.

Nuestro centro emocional, tal como es, no es nada sino emociones de sí con las resultantes emociones negativas que surgen de ellas.

La purificación del centro emocional debe, hablando prácticamente, destruir el centro emocional en nosotros tal como es ahora, con todas nuestras pequeñas reacciones personales, sensitivas y difíciles, nuestros pequeños sentimientos personales acerca de los demás, nuestro manojo de sensitivos gustos y disgustos —en suma, las mezquinas emociones que seguimos teniendo mientras las emociones de sí nos gobiernen.

Cuando se sirve realmente al trabajo hay que desechar esas pequeñas, cotidianas, mezquinas emociones de si, y solo se lo puede lograr cuando se entiende que el trabajo es mucho mayor que uno mismo.

Hemos hablado recientemente sobre este particular en conexión con la comprensión de una mente superior.

Es preciso servir al trabajo y no a si mismo.

El trabajo no debe ser función de uno mismo sino que uno mismo debe llegar a ser función del trabajo.

¿Qué significa servir al trabajo?

Significa obedecer lo que el trabajo nos enseña.

Se dijo recientemente en una reunión que es preciso comprender que servir al trabajo significa servirlo psicológicamente, para empezar.

Supongamos que una persona está a punto de divulgar algún escándalo desagradable y de pronto se recuerda a si mismo en conexión con lo que el trabajo enseña sobre este particular' y no divulga el escándalo, sabiendo que hacerlo es mecánico y solo la dañaría —entonces dicha persona sirve el trabajo—.

O supongamos que desea ser negativo porque una persona no lo ha tratado de la manera que usted considera justa según sus ideas de justicia y se recuerda a si mismo y no reacciona mecánicamente, en este caso servirá al trabajo.

Servir al trabajo significa obedecer a lo que le enseña a practicar sobre si mismo.

Se deja dominar por la tristeza y el mal humor, las objeciones, y asi sucesivamente, y observa su estado y empieza a separarse de el —entonces sirve al trabajo—.

Y al hacerlo renuncia a una parte de su sufrimiento mecánico.

O supongamos que está a punto de pasar a uno de sus típicos estados de preocupación, de quejas, de perder la cabeza por cualquier motivo, de tener disgusto por todo, esos estados que le hacen perder constantemente fuerza —supongamos que lo observa y deja de identificarse con el porque el sentimiento del trabajo está en usted— entonces está sirviendo al trabajo psicológicamente.

Ya empezó a trabajar sobre si; ya empezó a ver lo que el trabajo significa para usted.

Ya empezó a obedecer a algo que no es usted mismo.

Todo esto pertenece a la renuncia al sufrimiento.

Más para trabajar sobre sus formas típicas de sufrimiento, es necesaria una detenida y sincera observación de su ser, y también llevar el trabajo a aquellos lugares en su ser mediante la luz de la observación de si, e intentar no acompañar esas reacciones, no identificarse con ellas, no poner el sentimiento de "yo" en ellas, y cuanto más se valoriza el trabajo en el que el significado superior es algo que está por encima del significado de la vida, más le ayudará el trabajo a vencer su sufrimiento mecánico.

Maurice Nicoll